Más jubilados trabajan para cubrir el coste de vida: la nueva realidad tras la pensión

Más jubilados trabajan para cubrir el coste de vida: la nueva realidad tras la pensión

¿Te imaginas recibir tu carta de jubilación, pensando que por fin tendrás un merecido descanso, solo para darte cuenta de que tus ahorros apenas alcanzan para las facturas? Jan, de 69 años, se encuentra en esta situación. Con un chaleco fluorescente, atiende a los clientes en una ferretería, sonriendo y charlando, pero nadie sospecha que hace una década se jubiló oficialmente. Al llegar a casa, su nómina se une a su resumen de pensión, y las cifras cuentan una historia silenciosa pero contundente: ni la pensión pública ni la complementaria cubren ya el alquiler, la compra, la factura de la luz y las primas sanitarias crecientes. Por eso, trabaja tres días a la semana, no por el placer de hacerlo, sino «para no acabar en números rojos».

La jubilación ya no es el final del camino laboral

Cada vez más personas como Jan vuelven a ponerse el viejo uniforme de trabajo. Esto está cambiando, silenciosamente, nuestra percepción de envejecer. Ya no es un lujo, sino una necesidad para muchos. Verás personas de cabello plateado, con la edad de jubilación cumplida, trabajando en supermercados, centros de llamadas, autobuses y almacenes. No son los típicos «trabajadores de hobby», sino piezas clave en los horarios.

Empleadores y jubilados: una relación peculiar

Las empresas están encantadas. Los jubilados son vistos como personal flexible, leal y menos propenso a enfermarse. Para ellos, la situación es agridulce. Por un lado, está el orgullo de sentirse útiles, de seguir aportando conocimientos y de pertenecer a algo. Por otro, pesa la realidad de que trabajar ya no es una elección, sino una obligación financiera.

Uno de cada cinco españoles sigue trabajando después de la edad de jubilación legal, y esta cifra no deja de crecer. Detrás de cada porcentaje, hay un hogar calculando y recalculando con la factura de la luz en la mano.

El caso de Gloria: de bibliotecaria a dependienta por necesidad

Piensa en Gloria, 72 años, antigua bibliotecaria. Creía que su pensión era «modesta pero suficiente». Sin embargo, cuando su alquiler subió casi 200 euros al mes en cinco años y la compra experimentó un salto considerable, ese cálculo se volvió precario. Comenzó trabajando una tarde a la semana en la caja de una tienda de barrio. Luego fueron dos tardes. Ahora trabaja tres días, principalmente para asegurarse un flujo constante de ingresos extra, que suma menos de mil euros al mes.

Le da vergüenza admitirlo ante sus hijos: «No trabajo porque me aburra, trabajo porque, si no, la nevera se queda vacía». Esa sensación es cada vez más común.

La cruda realidad tras el sueño de la jubilación

Lo que está sucediendo es simple: la inflación y los mayores costes de vivienda y energía han avanzado más rápido que muchas pensiones. Las personas que creían estar seguras con una pensión complementaria razonable ven cómo su poder adquisitivo se desmorona año tras año. Además, muchos viven en casas con gastos crecientes, a veces con hipotecas que finalizan o préstamos antiguos que siguen corriendo.

No todo el mundo ha podido acceder a un fondo de pensiones generoso. El trabajo a tiempo parcial, las separaciones o periodos sin empleo también pasan factura. Mientras que la generación de nuestros abuelos a menudo podía vivir con un solo sueldo, una jubilación cómoda hoy depende de una frágil combinación de factores. Quienes se quedan justo fuera de esa combinación, caen rápidamente en la categoría: «jubilado, pero trabajando».

Consejos para seguir trabajando con dignidad y sin quemarse

Si eres jubilado (o estás a punto de serlo) y trabajas, casi tienes que convertirte en el contable de tu propia vida. Empieza por saber qué entra y qué sale realmente.

  • No solo los gastos fijos, sino también las «pequeñas fugas»: suscripciones, seguros, contratos de teléfono antiguos, compras impulsivas.
  • La clave está en anotar. Durante un mes, apunta absolutamente todo lo que gastas: en efectivo, con tarjeta, domiciliaciones… Todo.

Solo cuando veas adónde va tu dinero, podrás decidir cuánto tienes que *necesitar* ganar y cuánto quieres trabajar sin agotarte. El siguiente paso es buscar un trabajo que se adapte a tu cuerpo, tu edad y tu dignidad. Un trabajo físicamente exigente puede ser un riesgo repentino a los 68 años, aunque hayas hecho ese mismo trabajo durante cuarenta años con facilidad. Una función más ligera, menos horas o teletrabajo parcial puede marcar la diferencia entre «aún está bien» y «me derrumbaré en tres meses». Y sé honesto contigo mismo sobre tu energía y salud. Ese día extra de trabajo puede parecer atractivo financieramente, pero ¿te costará dos días de recuperación?

Así se va tejiendo una silenciosa ecuación: no solo en euros, sino en horas de vida que aún se sienten agradables. Muchos jubilados cometen el mismo error: por miedo a los problemas de dinero, aceptan cualquier cosa. Tres, cuatro, a veces hasta cinco días a la semana. Inicialmente, esto trae alivio: entra dinero, la cuenta da menos miedo.

Pasados unos meses, llega el golpe. Más cansancio, más dolor, menos disfrute. A veces, conflictos familiares: «¿No ibas a disfrutar de tu jubilación?».

Todos hemos tenido esa sensación de que nuestro calendario se llena más de lo que podemos asumir, pero aun así lo seguimos adelante. Para los jubilados, ese momento está cargado, porque a menudo viene acompañado de culpa: «Ojalá hubiéramos ahorrado más, gastado menos, planificado mejor». Seamos sinceros: nadie vive cada día de forma perfectamente frugal, sensata y previsora. La vida fluye como fluye.

  • Establece una «revisión de finanzas» mensual contigo mismo o tu pareja.
  • Una vez al año, consulta con un asesor independiente de pensiones o presupuesto. Un pequeño chequeo, un gran efecto en tu tranquilidad.

«No sigo trabajando porque sea adicto a mi empleo», confesó un conductor de autobús de 67 años. «Sigo trabajando porque el alquiler no se jubila». Esa frase resuena porque toca algo de lo que muchos no se atreven a hablar: la vergüenza. Vergüenza de no tener una jubilación sin preocupaciones después de cuarenta o cincuenta años de trabajo. Vergüenza de volver a buscar empleo junto a personas que podrían ser tus hijos.

Un pequeño dato que ayuda: el grupo es cada vez más grande. Tú no eres la excepción, te estás convirtiendo en la nueva norma. Y entonces, la pregunta cambia lentamente de «¿Por qué tengo que seguir trabajando yo?» a «¿Cómo hacemos que trabajar a edad avanzada sea humano y digno?».

  • Elige un trabajo que sea sostenible física y mentalmente.
  • Calcula de antemano cómo las ganancias extra afectan a impuestos, subsidios y pensiones.
  • Habla abiertamente con tu entorno sobre por qué sigues trabajando.
  • Programa días libres como un compromiso contigo mismo, no como un lujo.
  • Busca colegas o compañeros en la misma etapa vital.

Lo que esta tendencia nos dice sobre nosotros, y qué puedes hacer

Cada vez más jubilados trabajadores revelan algo de lo que preferimos no hablar: la promesa de una jubilación sin preocupaciones no se cumple para todos. Por cada folleto brillante con personas mayores sonriendo en un barco, hay docenas de personas que simplemente ponen el despertador a las seis y se van en bicicleta a su trabajo secundario.

Esa tensión resulta incómoda. Al mismo tiempo, vemos surgir algo más: una generación de mayores más visible, asertiva y activa que nunca. Ya no se les considera «descartados» y asumen roles en tiendas, sanidad, educación, transporte. Esto trae ventajas inesperadas: menos soledad, más mezcla generacional en el lugar de trabajo, conocimientos que no desaparecen de golpe al cumplir los 67.

La pregunta quizás ya no sea si seguir trabajando después de la jubilación es «bueno» o «malo». La pregunta se convierte en: ¿cómo puedes seguir trabajando de tal manera que no te pierdas en la mera supervivencia, sino que aún te quede algo de vida?

Para algunos, eso significa trabajar un par de tardes a la semana con gente; para otros, un trabajo tranquilo en casa detrás del ordenador; y para otros, simplemente dejar de trabajar y mudarse a una casa más pequeña para ya no *tener* que hacerlo.

Ahí, entre el orgullo y el cansancio, entre la necesidad financiera y la necesidad social, surge una nueva forma de envejecer. Con menos garantías y seguridades que antes, aunque resulte incómodo. Pero también con más libertad para elegir tu propia mezcla de trabajo, cuidado, aprendizaje y descanso. Esto requiere valentía, honestidad y, a veces, ayuda externa.

Quizás conozcas a alguien como Jan o Gloria. Quizás seas tú mismo. Quizás pienses ahora: «Esa será mi historia también más adelante». Sea cual sea tu posición, la conversación sobre los jubilados trabajadores nos toca a todos, porque trata de lo esencial: ¿cómo queremos envejecer en un país donde los precios siguen subiendo y los años también?

Preguntas Frecuentes:

  • ¿Me «pongo pobre» trabajando además de mi pensión? Depende de tus ingresos totales y subsidios. Por encima de ciertos límites, las ayudas de alquiler o sanidad pueden disminuir. Pide un cálculo de prueba en un sindicato, asociación de mayores o a través de la Agencia Tributaria, para que el efecto neto sea claro.
  • ¿Qué trabajos son adecuados si tengo más de 67 años? Las funciones más ligeras con horarios predecibles suelen ser más fáciles de mantener: atención al cliente, recepción, administración, transporte asistido, supervisión, atención telefónica al cliente o trabajo en un centro comunitario. Lo importante es que tu cuerpo y energía realmente lo aguanten.
  • ¿Puede mi empleador modificar mi contrato porque recibo la jubilación? Sí, tras alcanzar la edad de jubilación legal, a veces rigen normas diferentes en materia de protección contra el despido y contratos. Sin embargo, los acuerdos básicos sobre salario, seguridad y respeto deben ser correctos. En caso de duda, puedes solicitar asesoramiento legal a un servicio de asistencia legal o sindicato.
  • ¿Qué pasa si realmente ya no puedo trabajar, pero estoy atrapado financieramente? Entonces, puede ser útil hablar con un asistente social, un consejero de deudas o un coach presupuestario. A veces existen opciones, exenciones u otras soluciones que no se te ocurren, como reducción de alquiler, ayuda extraordinaria o refinanciación de deudas.
  • ¿Cómo hablo con mis hijos sobre mis preocupaciones económicas? De forma abierta y concreta. Explica lo que entra y sale cada mes, sin juzgarte. Muchos hijos se asustan al principio, pero luego sienten alivio al saber cómo están las cosas y pueden pensar contigo. La vergüenza a menudo desaparece una vez que la conversación finalmente tiene lugar.
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